
El recién pasado lunes 10 de diciembre 2006, murió Augusto Pinochet. Dictador y genocida, ladrón del estado chileno, bestia responsable de la muerte de miles y miles, de jóvenes -muchas veces niños-, mujeres, ancianos, indígenas, homosexuales, trabajadores y estudiantes, artístas e intelectuales, campesinos y obreros, pescadores y artesanos.
Fueron más de 6 mil las y los que fenecieron bajo el yugo exterminador de un felón militar, amparado por la conspiración, el respaldo fáctico de los poderes económicos de Chile y otros países, así como por la acción secreta y hoy reconocida de un estado poderoso como Estados Unidos de Norte América. Todas y todos, murieron en campos de concentración, a vista y paciencia de la derecha que apoyó a Pinochet y que en cada campaña electoral se le distancia; y más del 40% de aquellos seres humanos, de los cuales, a más de 33 años del golpe de Estado dado por lo militares y a más de 17 años de la recuperación de la democracia por las fuerzas políticas democráticas, aun se desconoce su paradero.
"Murió el criminal" se vitoreaba ayer, en el ombligo de Chile, la plaza Italia. Mucha alegría, mucha euforia. El pueblo sonreía y como hace mucho tiempo no hacía, o no lograba hacer, colmaba espontáneamente la avenida principal de Santiago de Chile, la "gran" Alameda. Ayer se abrió nuevamente la gran Alameda. Ayer, como en todas las ciudades del país, pasó libre la juventud, las mujeres y hombres diversos, la gente de Chile. Realmente emocionante.
Sin embargo, como a muchos, nos intrigaba la duda. ¿Será cierto? ¡Necesito ver el cuerpo! Me decía en la cabeza, al mismo tiempo que uno asumía que la justicia, aquella con la que vivimos, la de los tribunales de justica de Chile, no le llegaría. Visto por la TV el cuerpo en su féretro, en la Escuela Militar de Chile, la rata muerta de alguna forma reía, de otra, era patética.
Y así miles más, torturados y exiliados, hijos de detenidos desaparecidos, de ejecutados, de torturados y exiliados; de miles de chilenas y chilenos que durante años y años, fueron obligados al silencio, a no decir, a no expresar. Ayer, todas y todos fuimos marcados sorpresivamente, por una fecha que sabíamos que en algún momento llegaría a pesar de lo que durante una semana se gestaba.
La historia no se detiene y como decía Salvador Allende, ésta [...] es nuestra y la hacen los pueblos.
Recomienza el debate. Y, no. La transición no ha terminado. Digan lo que digan. sin embargo a la reforma constitucional realizada por el gobierno de Lagos, sin embargo a los muchos avances económicos, políticos, sociales y culturales de la Concertación -aunque otras y otros no reconozcan la evidencia-. Tampoco ha terminado la transición porque falte tanto por avanzar en materia social, política y cultural o porque la deuda social y humana de Chile aun sea profunda. Lo era también antes del golpe, antes de la UP, desde que el mundo ha sido mundo, desde que en el mismo hay gente que lucha contra la igualdad y la equidad social, y más bien, hace la guerra para su beneficio personal.
La transición no ha terminado porque aun no ha habido una justicia categórica y esclarecedora. Pareciera que ciertamente, la justicia chilena no quiere hacer bien su trabajo (y no nos desorientemos en tonteras -hasta periodísticas y amarillas- por pensar o insinuar con supuesto criterio objetivo, que la justicia quiere hacer bien su trabajo pero no le resulta). La justicia chilena no ha sido categórica -no con la historia sino- con la gente y la ciudadanía chilena. Ha preferido mantener la nebulosa, la impunidad y eso es lamentable. Es ahora su obligación, y más que todo, de la ciudadanía chilena, presionar con más fuerza que nunca, reimpulsar con toda toda su voz, la justicia que deben dar los tribunales a las y los Detenidos Desaparecidos, las y los asesinados y ejecutados, las y los torturados, las y los exiliados y exonerados, a las y los acallados.
Pero la otra tarea inexcusable y paralela, aquella que impone también el fin de la transición, el alcance de una democracia plena que pueda seguir avanzando, es decir, la reconciliación, es la abolición del sistema binominal y la reforma profunda que necesita la nueva Constitución Política progresista del Chile que avanza en unidad. Por más que nos hemos esforzado, por más que durante 16 años de Concertación se ha avanzado, por más que sea evidente que las cosas son diferentes, en nuestra nación siguen existiendo ciudadanos y ciudadanas de primera, segunda y tercera categoría.
Aquello no sólo es producto de la economía y de la lucha entre ricos y pobres. Precisamente hoy,es una diferencia consolidada y oficializada por la Constitución del 80' aquella promulgada por Pinochet. El genocida la institucionalizó en Chile estableciendo desde la misma matriz democrática -la constitución- el completo sistema de desigualdad que hoy impera en nuestro país. Desde el lugar de lo que siempre permanece y que con mucha dificultad puede cambiar.
Pinochet muere y termina, cuando su atrocidad -"su obra" como dicen los pinochestista- haya sido erradicada, transformada, reemplazada y cambiada por un sentido y principio de igualdad democrática en el sistema político, judicial, legislativo, cultural, educacional, económico y social del Chile y el mundo al cual las y los jóvenes progresitas y de izquierda, las nuevas generaciones socialistas debemos golpear y atacar con la constancia de toda nuestra potencia.